Mi reencuentro con Xcaret México Espectacular

Un momento lleno de emociones

Valorando la patria al ritmo de las artes

Probablemente sepas que el día en Xcaret termina con una magnífica presentación llamada México Espectacular; un despliegue cultural y musical que por casi dos horas deleita a los visitantes del parque. Hoy te voy a contar como fue mi reencuentro con este evento tras regresar a mi país para vacacionar como un turista más.

Volviendo a casa

En 2017 dejé México en busca de una nueva aventura en tierras lejanas; conmigo sólo llevaba mi mochila y una maleta llena de sueños y esperanzas que apenas logró estar debajo de los 20 kilos impuesto por la aerolínea. Mientras me adaptaba a una nueva sociedad un proceso paralelo se gestaba en mí: la valoración por mi cultura y orígenes.

Poco más de un año después regresaría a tierras mayas para vacacionar junto a mi pareja. Días antes mi mente se enfrentó a un gran dilema: ¿cómo va a ser regresar a ese lugar que por mucho tiempo llamé hogar? Ahora iba como un extraño, un turista más; sabía que todo me sería familiar pero a la vez totalmente diferente… algo difícil de explicar.

Xcaret, punto clave en reencuentro

Mi retorno se marcaría en dos fases: volver a ver a mi familia y amigos sería el primer paso, algo que naturalmente me llenaría de alegría. El segundo era algo más complicado de predecir: sería un reencuentro con mi país, mi cultura y mis tradiciones. Si bien esta parte se daría gradualmente durante esas dos semanas, una fecha importante destacaba en el calendario: mi visita a Xcaret.

¿Por qué era tan importante? Sencillo, en sus instalaciones se muestra un pedacito de la enorme y rica cultura de México; una muestra de todo lo que el país tiene para ofrecer. Al no poder visitar otras ciudades esto significaría un viaje exprés por mi tierra y una toma de contacto pura con mis tradiciones.

 

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El ansiado momento

 

Mi recorrido por el parque transcurrió con normalidad, aunque manteniendo ese asombro que siempre me invade al pisar sus instalaciones. El atardecer llegaba para marcar el encuentro con mis orígenes; el show ecuestre despertaba en mí los primeros escalofríos al ver la bandera mexicana entrando al escenario de la mano de un jinete lleno de elegancia. Sólo sería el principio.

 

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Emprendí mi camino al Gran Tlachco con ansias de obtener un buen lugar; quería estar lo más cerca posible de la acción, aún cuando ya conocía de qué va el espectáculo. Tras unas cuantas fotos con los guerreros mayas ocupé un lugar en el majestuoso inmueble; mis piernas delataban mi nerviosismo con un subir y bajar que dejaba atrás mi cansancio acumulado en el día.

 

 

El movimiento se calmó paralelamente al oscurecimiento gradual del recinto; las velas se encendían y aquella pantalla gigante descendía para mostrar un colorido video sobre México. Mis manos se movían de extrañas maneras tratando de explicar a mi novia lo que aparecía en el video y enumerando rápidamente los lugares que he visitado.

Momentos más tarde la pelota rodaba encendida sobre el escenario mostrando el legendario deporte de nuestros ancestros; mi cuerpo se emocionaba como si estuviera viendo a mi equipo de fútbol favorito. Sin duda esto afectó mi capacidad de explicar básicamente las reglas del juego a mi pareja.

La representación de la conquista de Tenochtitlán me erizaba la piel y me hacía reflexionar sobre nuestros orígenes. Un conmovedor acto mostraba el nacimiento del México actual y me generaba el primer nudo en la garganta; el cual se disiparía con la llegada del intermedio.

Canta y no llores, muchacho

 

Con entusiasmo enfrentaba la segunda mitad del espectáculo; la pausa también había servido para hidratar mi garganta y prepararla para lo que se venía: una genial selección de canciones tradicionales, bailes, diversión y mucho sentimiento a flor de piel.

Las melodías se colaban por mis oídos, daban una vuelta en mi cabeza y salían de nueva cuenta por mi boca, ahora acompañadas de mi voz. Descubrí lo arraigadas que algunas letras están en mí: algunas las aprendí de mi familia, mientras que otras permanecían en mi cerebro gracias a aquellos festivales escolares que conmemoraban la independencia o la revolución mexicana.

Mi piel se erizaba aún con más fuerza en la recta final: fui de Sinaloa, de Monterrey y grité -¡qué lindo es Jalisco!- sin importar que haya nacido y crecido en la capital. Las notas de “México Lindo y Querido” llegaron hasta lo más profundo del corazón y tocaron fibras muy sensibles dentro de mí. Al ritmo de esa bella canción pude reflexionar brevemente lo que significa pertenecer a la diáspora mexicana.

 

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Ya con los ojos un poco vidriosos me preparé para deleitarme con la última melodía, aquella que describe con certeza y elegancia el sentimiento de ser mexicano mediante metáforas que enlistan las maravillas de este país. Las primeras lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas  en un camino que terminaría en una sonrisa desmesurada.

De pronto, el estrecho nudo que me cargaba en la garganta se disipó; el escenario se iluminó mientras coloridas guacamayas volaban dentro del recinto. Yo me levantaba de mi lugar y me rendía en aplausos; los compatriotas empezaron a surgir entre la multitud para corear con orgullo el nombre de nuestro país. Fue en ese momento que comprendí que yo no llevo a México en la piel, lo llevo en el corazón.

 

México Espectacular

 

Esta fue mi experiencia; ahora tú cuéntame. ¿Qué sientes por tu país? ¿Qué es lo que más te enorgullece al ver tu bandera?

 

¿Quieres asistir a la presentación Xcaret México Espectacular? Lee: Todo Lo Que Debes Saber Sobre Xcaret México Espectacular

Ama la comida mexicana, los deportes, fotografiar paisajes y a las guacamayas